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29 de octubre de 2013

Encontrándole Sentido a la Gran Comisión

por John Scully

En una de nuestras reuniones de personal, el invitado fue el hijo de un miembro de nuestro personal, quien sirve en el ejército y vino a visitar a su familia antes de ir a Afganistán durante seis meses. Él dio una breve charla acerca de sus responsabilidades, algunos de los peligros que enfrentará, y luego el personal oró por el cuidado de Dios y su protección por él en su servicio a América.

Me recordó cómo las iglesias americanas solían (y aún lo hacen en menor escala) enviar misioneros al exterior a luchar por el Señor en tierras extranjeras. La pequeña iglesia independiente a la que yo solía asistir oraba por los misioneros y los ponía bajo el cuidado de Dios, y siempre, al parecer, el pastor preguntaba: ... “¿Esta Dios llamándote a ir?"

En ese entonces yo era un adolescente, y un nuevo cristiano. Recuerdo muy bien despedir a nuestro querido líder de los jóvenes que decidió ser un misionero a personas que vivían en una pequeña isla en el Pacífico Sur. Yo no podía entender por qué quería mover a su hermosa familia, mujer e hijos, a un lugar remoto, lejano.

Eso me hizo enojar. Discutí con él, diciéndole lo injusto que era para él dejar atrás a su familia extendida, y cómo nuestro grupo de jóvenes estaba muy decepcionado.

Pero se fue. Se sintió "llamado a ir", dijo.

En aquellos días, y tal vez a causa de esa experiencia, comencé a pensar que la Gran Comisión (Mateo 28:19) era una orden áspera llamando a la gente a abandonar a sus familias, amigos y su cultura. “Id y haced discípulos a todas las naciones..." combinado con Hechos 1: 8, significaba ir "hasta lo último de la tierra". No me gustaba. Cada domingo misionero tuve que soportar la charla misionera, encorvado en el banco, deseando no estar allí, con la esperanza de que no iba a escuchar la voz de Dios llamándome a ir a la India o a África.

En los años que siguieron me mantuve alejado de las reuniones misioneras, visitas de misioneros estadounidenses que regresaban del campo para dar a sus informes, y cerré mi corazón al campo misionero extranjero. En lugar de eso preferí ser testigo de Dios en "Jerusalén", en mi mundo, en la escuela, en el mercado, o en el trabajo.

Yo estaba contento con que los demás fueran, pero "Dios, por favor, no me envíes allá".

Yo conocía el comando y para mí era un dilema espiritual que duró mucho tiempo. Más de 20 años.

Entonces, un día, mientras buscaba un empleo, se me ocurrió entrar en un edificio antiguo en Ivy Road, en Charlottesville, llevando mi portafolio y un resumen de mis trabajos anteriores y experiencia. El cartel en la esquina de la propiedad decía, Christian Aid Mission.

No fue hasta que me senté con el presidente de la organización que me di cuenta de que no me había fijado en la palabra "misión" en el letrero.

“¿Quién es un misionero?", me preguntó durante la entrevista. “Un cristiano que va al extranjero para difundir el evangelio", le dije mientras mi corazón se hundía. Yo estaba seguro de que él querría enviarme al extranjero. En vez de eso Bob Finley cambió completamente mi comprensión de las misiones. Me explicó el método bíblico de la Gran Comisión, que es llegar a los visitantes extranjeros y enviarlos de vuelta a casa, con apoyo, para que lleguen a su propia gente.

Encontré la respuesta a mi dilema. Hoy se puede encontrar cristianos en todos los países, y ellos están haciendo el trabajo misionero entre su propia gente, mucho mejor que yo, o cualquier otro extranjero, podría.

La Gran Comisión, finalmente, tuvo sentido para mí. Y ahora yo soy parte de ella, ayudando a que los misioneros autóctonos lleven el Evangelio a los confines del mundo ... donde ya viven.

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