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24 de junio de 2014

Liberada: Parte I

Por Brittany Tedesco

Cuando lavo los platos no me gusta usar guantes. No me gusta usar zapatos y zapatillas, prefiero usar sandalias. Y sobre todo no me gusta usar sombreros. Me producen picazón, me siento apretada y sudorosa. Yo los llamo "prisiones de las manos", "cárceles de los pies" y "cárceles de la cabeza."

Así que en un momento como este, cuando hace tanto calor, pienso en las mujeres musulmanas y en la prisión que padecen. ¿Qué se sentirá usar una burka en un país sofocante del Medio Oriente? ¿Cómo puede una acostumbrarse a estar envuelta de pies a cabeza en una cárcel de tela con nada más que una rendija (a veces un agujero) para mirar a través de la malla?

"¿Por qué aguantan esto?", dice la mujer occidental que nunca ha puesto un pie en una nación islámica. Supongo que la proporción de hombres y mujeres en la mayoría de estos países es más o menos 50 a 50... ¿No podrían protestar o hacer algo? Ya sabe, ¿seguir el ejemplo de las protestas de las mujeres aquí en los EE.UU. en la década de 1960, y quemar sus velos?

Hace unos meses una ex musulmana de Egipto nos dijo que originalmente los velos estaban destinados sólo para las esposas del profeta Mahoma... pero la práctica del velo gradualmente se extendió a todas las mujeres musulmanas. Hoy en día, las mujeres cuyas burkas les cubren toda la cara (salvo un agujero para ver) son consideradas las más devotas.

Dentro de ese asfixiante manto de tela hay una mujer que anhela agradar a su dios, el único que conoce. Y parte de agradarle es aceptar lo que ese dios dice acerca de ella como mujer (y cómo debe ser vista y tratada). Ella se oculta a sí misma por razones que van más allá de la opresión masculina.

Entonces, ¿qué se les enseña a las mujeres y a los hombres, sobre el dios islámico?

¡Mucho, estoy segura! Pero como yo no soy una erudita musulmana, he mirado a tres fuentes para responder a esta pregunta. Todas son mujeres que crecieron en países islámicos, dos se convirtieron en cristianas, una convirtió en atea. Todas llegaron a la misma conclusión sobre su dios: Él es odioso.

Isik Abla, que creció en Turquía, oraba a Dios diariamente y anhelaba ser una buena musulmana. Ella nos dijo que estaba dispuesta a morir por él, a pesar de que sabía que nunca lograría ir al cielo. Amani Mustafa, una egipcia ex musulmana, nos dijo que, de acuerdo con Mahoma, la mayoría de los habitantes del infierno son mujeres. Wafa Sultan, autora siria de “Un Dios que Odia”, nos da una idea de por qué esto podría ser: Para Mahoma, "La mujer es un defecto". Esta creencia se ha ido transmitiendo de generación en generación y grabado en los corazones de las mujeres musulmanas.

Sultan escribe: "No hay un convencimiento más mortal en la tierra para una mujer que la convicción de que ella es un defecto, y ninguna otra creencia puede hacer que sea menos ofensiva. Escuché esta creencia desde mi primer momento de conciencia".

Isik era golpeada casi todos los días por su primer marido. No sólo aceptaba ese tratamiento... ella sinceramente pensaba que lo merecía. El Corán enseña que las palizas hacen que una mujer sea una mejor musulmana.

Amani fue la primera de las tres mujeres en alejarse del Islam. Después de que su madre se convirtió al cristianismo, en su adolescencia Amani comenzó a leer la Biblia y se encontró con ese pasaje escandaloso en el libro de Juan.

"El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella", Jesús le dice a un grupo de hombres dispuestos a apedrear a una mujer sorprendida en el acto mismo de adulterio. Jesús no sólo protegió a la mujer de sus acusadores... Él la miró y se dirigió directamente a ella durante todo el incidente. Lejos de considerar a las mujeres como defectuosas, Él entiende que, al igual que los hombres, ellas quieren conocer a Dios y ser conocidas por él.

Después de convertirse en cristiana, Amani tuvo la desgracia de casarse con un musulmán opresivo que la obligó a enseñar la oración islámica a su hijo y a su hija. Lo que la llevó a escapar de Egipto a los Estados Unidos con sus hijos fue cuando su hija, entonces de 7 años, la miró y le dijo: "Mamá, yo no creo que la oración funciona. Vamos a ir al infierno".

Sentada en el avión rumbo a los EE.UU. con sus hijos a su lado, Amani se quitó el velo.

Sorprendido, su hijo le dijo que ella iría al infierno.

"Hijo," le dijo ella. "Acabamos de salir."

Continuará...


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