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19 de mayo de 2015

Mi Viaje a Nepal: Una Experiencia de Primera Mano

Por Sarla, Directora del Sur de Asia para Christian Aid Mission, y una nativa de Nepal

Katmandú

Cuando abordé mi vuelo de 13 horas a Nepal, todo tipo de pensamientos se agolpaban en mi mente. ¿Qué sería de Katmandú, el lugar donde había vivido durante años? Yo tenía un vuelo con conexión en Dubai, donde conocí a varios nepaleses que regresaban a casa a causa del terremoto. La mayoría de ellos eran obreros en los países del Golfo. Probablemente habían dejado el país, junto con muchos otros, debido a la insurgencia de 16 años atrás.

Ellos se preguntaban si sus casas seguirían en pie y si habían perdido algún familiar. En sus caras se veía la preocupación, ya que no sabían lo que podía esperarles de vuelta a casa.

Llegué a Nepal exactamente una semana después del devastador terremoto, y observé que gran parte de la ayuda internacional de socorro todavía estaba en el aeropuerto, detenida por la aduana. El gobierno todavía estaba trabajando en los detalles de su entrega a diferentes zonas afectadas.

Mientras conducía a Katmandú vi una ciudad de carpas en lo que solía ser un campo de golf. Algunas de las carpas habían sido provistas por agencias internacionales de ayuda, pero otras eran sólo lonas sujetas por palos de bambú.

Aunque la destrucción era relativamente mínima en esa zona, el centro de la ciudad estaba en ruinas. Las casas se habían derrumbado. Todas las tiendas estaban cerradas y la mayoría de los barrios carecían de electricidad. Un extraño silencio cubría la ciudad capital, antes bulliciosa. La mayoría del tráfico se había detenido. Una espesa nube de polvo flotaba en el aire, como si un tornado acabara de pasar. Se sentía como si la propia ciudad estuviera de luto.

Bhaktapur

Al día siguiente visité uno de los campamentos para personas desplazadas en Bhaktapur con uno de los ministerios que Christian Aid Mission apoya. Ellos habían cargado dos camiones con alimentos para llevar a este campamento, donde 1,700 personas viven juntas en refugios improvisados.

Varias personas con las que hablé en el campamento compartieron sus historias. . . la experiencia de correr por las calles, mientras la tierra se movía violentamente debajo de ellas, o simplemente quedarse en los campos donde estaban trabajando. Todo el mundo tenía una historia que contar. Nani Maiya Nakarmi, cuya casa fue completamente destruida, tiene un hijo de 8 años de edad y una hija de 18 meses de edad. Ella estaba agradecida de que su familia se había salvado.

Al lado de este campamento estaba el sitio de la cremación en masa. Los troncos quemados y las cenizas eran recuerdos de la tragedia que esta comunidad había enfrentado. En contraste sorprendente, vi a niños en el campo jugando con palos y unas botellas de agua vacías.

La arquitectura única de Bhaktapur es algo que todo nepalés y visitante extranjero ha admirado. Sus edificios y estructuras, una vez el orgullo de Nepal y protegidas como patrimonio de la humanidad, se habían reducido a montones de escombros. Vi templos e ídolos caídos en el suelo, sin nadie que los adorara o les trajera ofrendas. Las únicas iglesias de Bhaktapur estaban en las afueras de la ciudad, ninguna dentro de los límites de la ciudad.

Hileras e hileras de casas, algunas de más de 100 años de antigüedad, ahora no eran más que una masa de ladrillos, como organismos cuyos espíritus se habían ido.

En muchas partes aún persistía el fuerte olor de la muerte.

Hablé con gente de edad, jóvenes, hombres, mujeres y niños acerca de sus experiencias. Todos ellos hablaban de una tragedia repentina que no esperaban. Lo que me sorprendió fue la capacidad de recuperación de las personas, que sólo querían mirar hacia adelante y seguir adelante. Las comunidades se habían unido para ayudarse entre sí.

Vi mujeres distribuyendo bocadillos, al azar, a la gente en las calles. Ellas habían cocinado y compartían sus dulces fritos. Otro grupo de mujeres estaban sentadas alrededor de lo que solía ser un mercado de verduras. Me acerqué a una señora mayor que en silencio estaba haciendo una escoba con varas de bambú, sumida en sus pensamientos. ¡Me preguntaba cómo podían sonreír mientras me hablan a mí, una desconocida!

Sindupalchowk

Al día siguiente nos dirigimos a Sindupalchowk. Este distrito tiene el mayor número de muertes, cerca de 4,000. éramos sólo ocho personas en dos camiones y un coche pequeño, llevando alivio a una de las zonas más afectadas.

El viaje era traicionero porque la carretera había sido parcialmente obstruida por rocas y cantos rodados de un deslizamiento de tierra provocado por el terremoto. Viajamos en coche a través de hermosas colinas y carreteras sinuosas, viendo muchos campos de desplazados internos en los pueblos que pasamos.

Después de cuatro horas de baches llegamos a nuestro destino, donde Christian Aid Mission apoya a un pastor del pueblo. En un momento el ejército nos detuvo y ofreció protección. Al principio yo estaba perpleja, pero supe que, como la gente estaba tan cansada de esperar el alivio, habían saqueado el primer camión que trajo suministros. Rechazamos su oferta y continuamos con nuestro equipo.

Lo primero que hice al llegar a esa aldea fue visitar la iglesia que se había derrumbado, donde 17 creyentes perdieron la vida. Vi a la fosa común, detrás de donde la iglesia solía estar. . . y un zapato, una pieza de la bufanda de alguien. . . una guitarra rota que debe haber sido utilizada para acompañar la adoración en aquella fatídica mañana.

A pesar de las vidas perdidas, los cristianos compartieron conmigo historias de la misericordia de Dios sobre sus hijos que escaparon ilesos.

Después de la visita a la iglesia volvimos para distribuir los suministros que habíamos traído. Un grupo de unas 100 personas, la mayoría mujeres, ya se había reunido alrededor de nuestros camiones. Ellas se lamentaban de que su aldea había sido completamente olvidada por las diferentes organizaciones de ayuda, y todavía estaban esperando el alivio después de 10 días. Repartimos arroz, lentejas, aceite, sal, especias, y barras de jabón a 77 familias de cuatro aldeas. La mayoría de ellas habían perdido sus hogares. Cerca de 40,000 hogares, de los 66,000, habían sido destruidos.

Alcé la vista a los cerros y vi solo tierra en las terrazas. Las casas habían desaparecido. Una mujer mayor lloraba mientras me contaba que vive sola y tiene que valerse por sí misma, ya que todos sus hijos adultos abandonaron el pueblo. Dijo que la calamidad sólo podía acortar su vida porque no creía que tuviera fuerza para reconstruir lo que perdió. Todo lo que pude hacer fue abrazarla mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas. Le entregué un saco de arroz y otros suministros.

¿Cuántos, Señor, están sufriendo como esta mujer y van a perecer antes de que tengan la oportunidad de escuchar el evangelio?

Norte de Gorkha

Al día siguiente visité uno de los ministerios que trabajan en el norte de Gorkha, una de las zonas menos alcanzadas del país.

Las casas estaban inclinadas precariamente en varias direcciones. Los postes telefónicos habían sido derribados. Tanques de agua colgaban peligrosamente por encima, a punto de caer sobre alguien. Prácticamente todo el mundo llevaba mascarillas quirúrgicas para evitar respirar el polvo espeso.

Aprendí de bodas que habían sido canceladas. Las celebraciones parecían inapropiadas e irreverentes en un país que acababa de perder 8,000 personas.

Un ministerio en el norte de Gorkha tiene un hogar de niños en la ciudad capital. Dos de los niños perdieron miembros de sus familias. Debido a que el área se encuentra cerca del epicentro del terremoto, no había Internet ni teléfonos, y los líderes del ministerio no podían ponerse en contacto con sus misioneros.

El cabello del Pastor Caleb estaba desordenado. Al parecer no se había duchado o cambiado de ropa en un día. Incapaz de ponerse en contacto con sus misioneros y no poder llegar a ellos a causa de los caminos bloqueados por los escombros, parecía frustrado.

A causa de las fuertes réplicas había mudado a todos los niños al patio, debajo de una carpa. Ellos estaban traumatizados, sin saber cuándo el próximo terremoto podría ocurrir. Durante la semana después del terremoto, Nepal experimentó más de 100 réplicas, algunas oscilando entre 4 y 5 en la escala de Richter.

La única forma de entregar alivio en esa zona era por helicóptero. Este fue el medio por el cual unas pocas agencias internacionales habían rescatado a algunas personas de un campamento cerca del hogar de niños. Cuando visitamos el campamento, nos enteramos de que un monasterio cercano los estaba alimentando.

Al parecer cada barrio tenía un campamento, o al menos algunas carpas donde la gente se congregaba. Incluso las personas cuyas casas aún estaban de pie dormían afuera por temor a las réplicas.

Durante mi viaje de una semana experimenté tantas emociones: Dolor por las vidas perdidas, gratitud por las manifestaciones milagrosas de la protección de Dios.

¿Cómo se puede asimilar una pérdida tan grande? Cerca de un millón de personas han sido afectadas por este desastre, y mi corazón clamaba por muchos sin esperanza eterna. Quería preguntarles si sus dioses les daban la confianza que nosotros los cristianos tenemos en Cristo. Quería decirles que ha llegado el momento de que se arrepientan.

Miré la muerte y la destrucción en sus caras, y me hizo sentir más determinada que nunca a defender a mi pueblo, para que pueda oír el evangelio y no perezca.

Para ayudar a que los ministerios autóctonos en Nepal compartan el amor de Cristo con los necesitados y desesperados, visite www.ayudamisionera.org/Nepal.


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