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1 de octubre de 2013

La Vida en el Desierto

por Brittany Tedesco & Emily Coleman

Emily (cuyo rostro está al lado del de su padre) se unió a sus hermanos y hermanas en septiembre para celebrar el 35o aniversario de bodas de sus padres.

Emily Coleman, gerente de la División de Relaciones con los Patrocinadores de Christian Aid, es un imán de personas. Su risa fácil y sus bromas afables atraen a la gente Y una vez que la llegan a conocer, descubren que ella es auténtica, honesta y constante.

Características como éstas producen relaciones sólidas. Los padres de Emily y sus seis hermanos y hermanas son iguales, lo que explica que sean tan unidos. Ellos comparten una rara camaradería familiar... lo que hizo el anuncio en la reunión de personal hace unos meses tan difícil de comprender: la madre de Emily padece la enfermedad de Lou Gehrig.

Oramos, conteniendo las lágrimas, sabiendo cómo algo como esto afectaría a esta familia tan unida.

Emily ha reducido sus horas de trabajo, conduciendo hacia Richmond varias veces por semana para estar con su madre y cuidar de ella. Emily vive en ese lugar entre la negación y la desesperación, consciente de la realidad, pero negándose a renunciar a la esperanza. En su libro Una Vida en Oración, Paul E. Miller describe ese lugar como el "desierto".

"Dios lleva a todo aquel que ama a través de un desierto. Es la cura para nuestros corazones errantes, buscando sin descanso un nuevo Edén", escribe Miller. "La vida en el desierto te santifica. No tienes idea de que estás cambiando. Simplemente notas, después de haber pasado un tiempo en el desierto, que eres diferente".

En su blog, Emily escribe acerca de su experiencia en el desierto. Con su permiso, he incluido una de sus entradas, escrita a principios de agosto. Ella espera que esto anime a otros pasando por circunstancias dolorosas.

Pero incluso si no lo hace

Cuando era niña me gustaba leer todas las historias de la Biblia y pensaba en lo tonto que eran los personajes por no creer en Jesús. No creer que Él daría un hijo, proporcionaría protección frente a la boca del león, liberaría a su pueblo de los enemigos, proveería alimentos y agua, resucitaría a los muertos e incluso proporcionaría seguridad en el fuego abrasador. Yo pensaba: "¿No saben que Dios es maravilloso y los salvará? ¿Por qué no pueden recordar que Él los alimentó ayer?" Casi me reía ante la idea de que Dios no protegería a sus hijos.

Qué ingenua. Cuan maravillosa yo pensaba que era, "Dios siempre me protegerá y salvará del dolor y el sufrimiento." Yo sabía el final de las historias que leía. Yo sabía que Abraham iba a tener un hijo, conocía el destino de los tres hombres en el fuego, y yo sabía que Dios iba a entregar a los hijos de Israel la tierra en bandeja de plata. Yo lei todas esas historias en una sola sesión. ¿Cuántos años ellos no supieron? ¿Cuánto tiempo debían tener fe? ¿Cuánto tiempo se ora para ser salvado de sus enemigos? Mucho más que los 10 minutos que se tarda en leer esta historia.

Los tres hombres estaban a punto de ser arrojados a un horno. Un horno tan caliente que los hombres que debían tirarlos en él murieron. Y ellos dijeron:

"He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado”. (Daniel 3:17-18 RVR)

Ayer por la noche mientras oraba, reconocí que con solo tocar su manto, la salud de mi mamá puede ser restaurada completamente. Con una palabra, ella puede tener años añadidos a su vida. Ella puede ver a su recién graduado de la escuela secundaria y la universidad. Con un simple comando, ella puede ver las bodas, conocer a sus nietos bebés y ser parte de nuestra vida como ella debería ser capaz de serlo.

Entonces el pasaje de Daniel vino a mi mente. Traté de empujarlo fuera. No puedo pensar así. Él tiene que curarla. Es la única opción. Pero allí estaba, mirándome a la cara y rondando en mi mente. ¿Qué pasa si no lo hace? ¿Quién es el Señor, entonces? ¿Es el Señor todavía santo? ¿Sigue siendo poderoso para salvar? ¿Quién es mi roca, si no el Señor?

Así que me quedé allí, orando a la única persona que tiene control sobre todo esto. El que tiene a mi madre en la palma de su mano. Puede que no lo crea en mi cabeza, pero mi corazón sabe, Jesús sigue siendo el Señor. Él sigue siendo poderoso, santo y digno. Aun si no restaura al cuerpo de mi dulce mamá, Él sigue siendo digno de ser alabado. Y aunque tengo momentos de rabia, o días de confusión, llenos de dolor y duda, sé que el Señor cuida de sus hijos y voy a orar todos los días por sanidad y restauración.

Lea más en el blog de Emily en: http://hoolives2love.wordpress.com/

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